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PERDÓN Y COMPASIÓN (CAP. 26)

Hoy José María Doria nos lanza está cuestión en el reto de los 1001 días.
«Nuestra personalidad está compuesta de un variado menú de partes o subpersonalidades, a cada cual más arquetípica y curiosa. Conforme crecemos en autoconsciencia, mayor luz ponemos en reconocer que somos también ‘eso’ que ahí fuera proyectamos en los rostros de otras personas. En esta ocasión se trata de introyectar esa dimensión de la amargura y la exigencia de quien cierra su corazón al amor y al dolor, al tiempo que envejece en la rigidez de su propia armadura. Aceptar que tenemos dentro ‘eso’ que no nos gusta fuera, supone madurar en la luz que destapó viejas heridas ocultas en la sombra. ¿Como has logrado amar también a esta parte de tí?»

Esta es mi respuesta:
Con compasión y perdón hacia mí misma y hacia los demás, entendiendo los mecanismos y automatismos de las heridas y del inconsciente. El niño cuanto más pequeño menos sabe de crueldad, maldad y odio, además de que necesita a los adultos para sentirse protegido y seguro, así que cuando es dañado la herida se queda en el inconsciente y reaparece en la adolescencia porque es en esa etapa donde se hacen conscientes las primeras heridas para ser sanadas. Es ahí cuando suele nacer la falta de autoestima, también aquí a nivel inconsciente, no porque no se sienta amado, sino por lo feo que puede sentir hacia los demás en su corazón; en esta fase de la vida el adolescente proyecta lo que no pudo ver antes y si además no se siente comprendido, si muestra rebeldía, o el daño continúa, todo se agravará; puede pasar que no proyecte hacia los adultos porque aún necesita su seguridad y protección y entonces, de nuevo de modo inconsciente, no aceptará que ellos han sido malos o crueles, o que lo han podido ser en un momento puntual con o sin intención, y se culpará desvalorizandose a sí mismo al proyectar hacia dentro, dejando así de amarse porque no se sentirá merecedor. Si me culpo no valgo y por lo tanto no me amo, y si culpo al otro y siento feo hacia él tampoco puedo amarme. Otra cosa que también puede pasar es que en unas heridas el niño proyecte y en otras autoproyecte, al final cada uno es un mundo, y de ahí esas subpartes. Por último hay una última etapa antes de que nuestra personalidad se cierre alrededor de los 21 años donde tenemos otra oportunidad para sanar y liberarnos. Con los años si no se sanan las heridas originales, nos vamos retraumatizando y eso nos lleva a envejecer con ese tinte de amargura, exigencia y rigidez, que además se manifiesta en el cuerpo. Observar nuestras heridas aceptando que el adulto nos dañó en unos casos, soltando así la culpa y el ‘no merecimiento’; y soltando la víctima si todavía culpo al otro en otros casos; y aplicar el perdón y la compasión hacia ambas partes en todos los casos, es lo que puede ayudarnos a dar sentido y a comprender el porqué de nuestros pensamientos, sentires y actitudes y así amarnos en completitud.

Foto de Ivan Samkov en Pexels

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