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SILENCIO, CORAZÓN Y ALMA (CAP. 20)

Son las cuatro de la madrugada y me despierto en el sofá con la tristeza aún acompañándome.

Todo está en silencio, y sin embargo siento que algo dentro de mí se mueve, no hay ruido fuera, pero dentro hay un leve murmullo, como si mi corazón y mi alma estuvieran conversando en voz baja.

Entre las tres y las cinco de la madrugada ocurre algo sagrado, el corazón y el alma se encuentran, se alinean. El cuerpo, cansado de sostener, se rinde y en esa rendición, el alma aprovecha para hablar y el corazón la escucha.

Esta madrugada sigo sintiendo la soledad además de la tristeza, esa vieja tristeza que parece acompañarme desde siempre; pero esta vez no huyo de ella, respiro y le digo a mi cuerpo: Mi querido sistema nervioso, no hay peligro por estar sola, estoy a salvo aunque esté sola, estoy segura aunque me sienta sola, no pasa nada por sentir tristeza, está todo bien, es tan solo un estado.

Y el cuerpo lo entiende, se calma, la soledad deja de ser amenaza y se convierte en abrigo.

Y algo cambia también en lo profundo, mientras la lluvia comienza a caer, no desaparece la tristeza, pero se vuelve más suave, más humana, ya no es una enemiga, sino una visita silenciosa que pedía ser acogida.

Aprendo que no tengo que luchar para no sentir tristeza, ni para evitar la soledad, comprendo que no hay peligro en sentir, que puedo descansar incluso en la emoción.

Porque cuando la noche se silencia, se hace más profunda y el alma se abre; y ahí, el corazón y el sistema nervioso dejan de pelear… el corazón late, el alma se expande y el cuerpo descansa.

Ya no hay máscaras ni ruido, solo esa voz interna que, por fin, puede decir lo que durante el día calla.

Foto de Rahul Pandit en Pexels

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