EL ESPEJO DE LA FELICIDAD

ELLA, ÉL Y EL MAR (CAP. 24)

“Se paró frente al mar, soñaba desde hace años con visitar la Costa Gallega y por fin había llegado el día.
Se descalzó posando sus pies sobre la tierra húmeda, su conexión con la Madre Tierra era tan profunda que le parecía sentir cada uno de los granos de arena tocando su piel. El olor a mar traspasó cada uno de sus poros inundando su interior del perfume de las olas.
Miró al cielo, el sol iluminaba su rostro y se bañó en él, se convirtió en mar, sol, cielo y brisa; se hizo una con la Tierra y con lo Esencial.
Contempló los tonos del agua, mil azules distintos, tonos imperceptibles que se hacían visibles ante unos ojos abiertos a la inmensidad del mar y de la vida, mientras acariciaba con la yema de los dedos una arena fina y blanca tan bella como todo lo creado. Respiró con la sensación indescriptible que se siente al lograr algo que parece imposible que jamás suceda, y se sintió en paz, mecida entre la serenidad y la calma.
Inmersa en su amanecer interno no percibió que él se acercaba, lo extraño es que no le extrañó verlo, sabía que un día llegaría hasta su orilla, lo supo siempre en lo más hondo de su alma. Su corazón, un tanto acelerado sí dijo en silencio: ya era hora.
Nunca sabrán realmente el tiempo que pasaron allí sentados, las horas parecían minutos y los minutos toda una vida, él también lo sabía, su corazón también dijo ‘ya era hora’; cuando dos corazones laten en sintonía no hacen falta palabras, no son necesarios los ojos, se reconocen en el profundo silencio de todo aquello que es verdadero.
Él la miró, ella se sonrojó como cuando era niña. Ella lo miró, él se hizo el distraído pensando en ella. Se miraron los dos finalmente y dos sonrisas nacieron entre el brillo de sus pupilas.
Disfrutaron del silencio del que se siente escuchado en compañía, lo saborearon como el instante irrepetible que era, un silencio cálido, un silencio hermoso…
Se levantaron a la vez, se hicieron al unísono un gesto a modo de despedida, no sin cierta tristeza, cerrando aquel episodio mágico que sin duda caló hondo en ambos.

Al día siguiente ella volvió al mismo sitio, sobre la misma hora; al poco tiempo y de la misma forma casi imperceptible, él se sentó a su lado. Las mismas miradas, idénticas sonrisas, se convirtieron en un ritual diario de silencio profundo que alimentaba sus corazones como nunca antes.
Cada día se sentían más felices antes de su cita frente al mar, lo que sentían era inexplicable, y verse era tan bonito que ninguno quería romper ese mágico silencio.
Un día él desapareció, ella respiró cierta melancolía, pero se alegró de haber coincido, no era tan importante dejar de verlo como la esperanza que sembró en su corazón; no sería él, pero algún día aparecería esa persona con la que sentiría lo mismo y se quedaría en su vida.

Aquel primer día él había decidió acercarse al mar, había llegado a España el día anterior, siempre soñó con volar a la tierra de sus padres, había cumplido uno de sus sueños, el otro, el más grande, era conocer a la mujer de su vida. Ya no hacía calor, era tarde y ya no había apenas nadie en la playa pero vio a una mujer cerca de la orilla y se sintió atraído, así que se acercó y se sentó muy cerca de ella a contemplar el mar. Sintió algo extraño, era como si la conociese de toda la vida, le parecía la mujer más bonita que había visto jamás, tal vez no fuese la más guapa pero su corazón así la veía.
Cuando cruzaron sus miradas su piel se estremeció, jamás había sentido una caricia tan profunda a pesar de no tocarla. Cuando se iban estuvo tentado de dirigirle la palabra pero sólo le nació un gesto, la magia era demasiado bonita para romperse.
Él cada día pensaba que tal vez sería el último, pero ella siempre estaba allí.

Su viaje había terminado, tenía que regresar, deseó que aquel día ella tampoco fuese a la playa, aquella mujer era tan importante para él que no podía ni pensar que ella se sintiese mal.
Ella nunca supo que aquel hombre vivía tan lejos de allí que prefirió desaparecer sin dejar rastro con la misma melancolía y esperanza en sus manos y en su pecho… Aquel encuentro cambió sus vidas sin lugar a dudas.”

Hoy he hecho una meditación sobre los colores con Carmen de ‘Nuestro Camino Interior’, me ha inspirado un dibujo pero también un relato, además de ayudarme a soltar lealtades limitantes, ha sido totalmente liberador. Siempre agradecida Carmen.

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