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LA CERTEZA EN LOS VÍNCULOS (CAP. 21)

Creo que durante toda mi vida he vivido los vínculos desde una certeza que ni siquiera sabía que tenía: ‘La responsabilidad de que los vínculos funcionen es mía’.

El vínculo con mis amistades, con mi pareja, con mi familia, con mis padres, incluso con mis hijos.

Si algo no funciona, busco qué puedo hacer yo, si hay un conflicto, intento solucionarlo, si alguien está mal, intento comprenderlo. Y eso no está tan mal; el problema es que, aun con todo eso, siempre aparece culpa, como si el resultado del vínculo dependiera principalmente de mí.

Hoy veo que, de algún modo, es otra forma de control. Si creo que la responsabilidad es mía, entonces hago todo lo necesario para que las cosas salgan bien, adaptarme, aguantar, esforzarme… La consecuencia es que, si todo eso no funciona, me siento un fracaso.

Ahora puedo desmontar esta certeza y empezar a interiorizar que un vínculo no depende de una sola persona. Yo tengo mi parte y la otra persona tiene la suya.

Puedo cuidar mi manera de estar, comunicar, escuchar, poner límites, reparar cuando sea necesario y hacerme responsable de lo que me corresponde, pero no puedo hacerme responsable de lo que corresponde al otro.

No necesito conseguir que un vínculo funcione para demostrar que he hecho bien mi parte.

Hoy cambia mi perspectiva. Tal vez la responsabilidad de un vínculo no sea conseguir que funcione, sino hacerme responsable de cómo estoy yo dentro de él y dejar al otro su parte.

De este modo, no solo suelto el control, sino que puedo relacionarme desde otro lugar, un lugar sin tanta exigencia, un lugar mucho más amable… y más libre.

Foto de Hanna Pad en Pexels

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