Dentro de mi cuerpo existe una caldera silenciosa, un sistema vital que regula la energía metabólica y el calor interno, un calor que observo desregulado de forma cada vez más evidente en mis clases de somática.
Soy consciente de que esta caldera, en la que puedo identificar un termostato y relacionar con el metabolismo, no ha funcionado de manera óptima desde la infancia. El estado de alerta crónica corporal derivado de experiencias tempranas traumáticas, dejó marcas profundas en los tejidos y en el sistema linfático, afectando a su funcionamiento.
El metabolismo es el proceso mediante el cual el cuerpo transforma los nutrientes en energía, genera calor, mantiene la digestión, construye y repara tejidos, y regula líquidos y temperatura. Cuando funciona correctamente, permite que el cuerpo disponga de energía suficiente, que los órganos funcionen con normalidad y que los líquidos se distribuyan adecuadamente.
Estoy convencida de que, desde niña, el estado de alerta afectó a la circulación de mi linfa y a la distribución de líquidos, limitando la disponibilidad de agua en los tejidos metabólicamente activos. Hoy veo que mi cerebro no emitía señales de sed adecuadas, sí percibía que había suficiente líquido, pero este no estaba bien distribuido; así que el metabolismo funcionaba a medias, con energía parcial, y el cuerpo aprendió a sobrevivir con un calor interno limitado.
Durante la adolescencia, esta disfunción se manifestó principalmente como estreñimiento crónico, digestión lenta y sensación de frío interno; sin embargo, mi energía natural intensa, tengo muchísimo fuego en mi carta astral, compensaba parcialmente los bloqueos de mi termostato, manteniendo el metabolismo activo y quemando energía de forma funcional. Esta combustión adicional mitigaba temporalmente los efectos de la tensión y la retención, lo que explica por qué el sistema funcionaba relativamente bien a pesar de sus limitaciones estructurales.
Con el tiempo, la presión de tensiones acumuladas, la retraumatización de viejos patrones, los cambios hormonales y la edad añadieron retención de líquidos, aparición de gases y abultamiento abdominal.
El metabolismo lento contribuyó además a un incremento gradual del peso corporal, a la elevación de la glucosa y los triglicéridos, y a deficiencias en nutrientes esenciales. Estas alteraciones reflejan cómo mi cuerpo respondió a años de tensión y bloqueos, y cómo este termostato ha permanecido en un estado de funcionamiento subóptimo durante décadas.
Por otro lado, también veo que el termostato, al permanecer limitado, dependía cada vez más de estímulos externos, si yo no puedo generar calor de forma interna, lo busco fuera.
Está claro que con la caldera interna parcialmente apagada, resulta difícil generar calor y energía de sostén de forma funcional, así que hoy veo con claridad la necesidad de ajustarla tomando medidas sencillas, hidratarme de forma consciente para restablecer la señal de sed y permitir que los líquidos lleguen a los tejidos que lo necesitan, y también incorporar movimiento y una respiración profunda que estimulen la circulación linfática y digestiva y ayuden a desbloquear tensiones. Todo ello puede favorecer la activación del calor interno, generar energía metabólica suficiente, calentar el cuerpo desde dentro y redistribuir los líquidos de forma más equilibrada.
Foto de Alina Vilchenko en Pexels
FILOSOFÍA EXPERIENCIAL INTEGRAL
Conciencia y consciencia
Fisionaturopatía y Fisioestética
Terapia holística ‘Análisis Quantum’
Terapeuta, Profesora y Coach de Integración Emocional
Investigadora y Escritora del Ser Integral